En el mundo celta los árboles constituían la esencia de la vida -al proporcionar leña, alimento en algunos casos, cobijo, alojamiento para la caza...- y la forma más fiable de conocer el destino.
No hay que olvidar que el árbol, en multitud de culturas -y no sólo en la celta- representa el cosmos: por su continua regeneración, por hallarse conectando la tierra y el cielo y porque reunir la totalidad de los elementos (el agua que fluye por su interior, la tierra en la que clava sus raíces, el aire que alimenta sus hojas y el fuego que surge de su fricción).
Los druidas, los sacerdotes celtas, dividieron el año en períodos, a cada uno de los cuales asignaron un árbol, hasta un total de 21.
Para ellos, cada persona, según su día y mes de nacimiento, lleva en su interior la esencia del árbol que le corresponde, el cual le brinda protección y ayuda.
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